30 enero 2008

El jardín de las delicias

Las palabras
Antonio Mayorga Ugarte


Las palabras nadan en las aguas negras del deseo y de la memoria. Celebratorias y ruinosas, de vez en vez, nos salvan del silencio y nos ahondan en la desdicha. Como una otra forma de la embriaguez, en horas alargadas hasta el hastío, nos fijan, un instante tras otro, al envés de las cosas del mundo: al centro de su piel más profunda. Son fugaces cuando hacen el amor y permanecen tenaces cuando la ausencia de algo, de alguien, ya no cesa más. Rivalizan con la potestad de los cuerpos y se mofan de los tristes artilugios de la razón. Abren el día y cierran la noche; los estacan en el tiempo para siempre. Sin espejar verdad alguna, son sólo la sombra de lo que deja la voluntad, la conciencia y la enorme perplejidad de ser. Tejen la vida colectiva y la mía; allá donde antes no había sino un gregarismo torpe y difuso, allí donde me duplico en un espectro. Nos preexisten y están después de nosotros. Establecen el acto, haciendo y rehaciendo lo que antes no era ni estaba. Son un puente hacia el otro y son la celada que prepara su ruina. Hechas de la materia del juego, nos otorgan el simulacro de la perpetuidad para darnos luego el destino de lo definitivo. Comúnmente se ponen tristes con el alcohol y al paso de la resaca convierten, crispadas, el caos en cosmos. Orillando lo inefable gozan diciendo lo indecible, crean el instante siempre en fuga y cercan torpemente el silencio. Son artificios que vigilan a la vera del camino nuestro caminar sin mapas ni rumbo. Como un líquido elemental y candente marcan un territorio cuya vastedad sólo el sueño o la pesadilla alcanzan a cubrir. Cuando amables, preparan un destino común: son la mesa que junta y abraza a los pares, cual presagio de una fiesta sin fin que otorga la dicha de pertenecer y pertenecerse. Preceden y prosiguen a la cópula y a la separación de los cuerpos. Al decir el encuentro amoroso y al nombrar los espejos finalmente quebrados, dan alas y dan cruz al júbilo. Suelen ser, por tanto, de cuidado. En ellas puede asomarse una sed de sangre: el cuchillazo en la frente del otro, el puñal en las entrañas de uno. Y, al fin y al cabo, son las que se dicen una a una todos los días y son las que se callan para siempre.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Antonio, celebro con el vaso en alto esta iniciativa, ya era hora y bueno estaré atento a todos las cosas que aquí se publiquen porque Atar a la Rata es realmente una publicación de altísimo nivel.
Felicidades y salud!!!!
Roger.

Bernabé Carrido Lura dijo...

Antonio:
Cuanta música de las palabras que animan y desaniman el espíritu. Adelante con esta revista. un abrazo de otro poeta. Bernabé

¿Palabras? Sí, de aire,
y en el aire perdidas.

Déjame que me pierda entre palabras,
déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.

También la luz en sí misma se pierde.


Octavio Paz.